ENTRE DOS TIERRAS.#ingenierovietnam

Puesto que no conocía Vientián, alquilé una moto en el hostal y recorrí las calles principales de la ciudad, viendo la manera de cruzar el río de noche. Me parecía una ciudad triste, muy desolada, y aunque supongo que como cualquier otra ciudad de hoy en día en toque de queda, lo cierto es que la pobreza y miseria se respiraba en cada rincón. Otra huella más de esos políticos de «convicciones» que reparten lo de los demás, pero nunca lo suyo.
De cualquier manera, las calles cercanas al río Mekong estaban plagadas de cámaras de vigilancia, por lo que intentar cruzar por algún lugar cercano a la ciudad ya no era una locura, era un suicidio. Por eso decidí irme fuera, donde encontrara menos trasiego de barcas de comerciantes, de pescadores… y donde en principio no hubiese vigilancia. Después de unas horas observando las fotos aéreas, mi hermano y yo coincidimos en que el mejor sitio era un lugar al noroeste, a unos treinta minutos de la ciudad.

Esta vez quise visitar el sitio con anterioridad puesto que nadie me seguía, y así, la mañana del 28 de marzo me acerqué al lugar previsto. Sin bajarme de la moto pude comprobar que no había ningún obstáculo que me impidiera bajar al río en caso de que llegara de noche, y aunque en ningún momento llegué a ver la orilla por la espesa vegetación, para mí era suficiente. Después hice una foto cerca de allí, donde el Mekong se dejaba ver, y volví a la ciudad.

Como la distancia entre orillas era enorme, quería comprar un flotador o algo similar, pero tan solo pude encontrar un chaleco salvavidas reflectante y de color naranja, que obviamente no quise quedarme. Pensé que sería de gran ayuda pues esta vez tardaría bastante más en cruzar el río que en el anterior caso, y temía que en el caso de que entrara agua en la mochila, la tuviera que soltar para no hundirme con ella, por lo que perdería todos los documentos que llevaba y que afortunadamente hoy sigo conservando. Entre otros, son las pruebas de los documentos falsificados que ha utilizado la Embajada de Hanoi.

Cuando llegué al hostal no podía esperar más, no dejaba de pensar que tenía que llegar pronto a Tailandia, así que no dilaté más mi agonía y compré un montón de botellas de agua de plástico para usarlas de flotador. Probé a ver si me cabían dentro del pantalón, colocando varios botellines bajo las pantorrillas, una más grande bajo el culo y otras en la mochila para que también flotara por sí sola. Después, poco antes de las once de la noche, cogí la moto con la mochila entre los pies y una bolsa llena de botellas vacías en el manillar.
De nuevo volvía a sentir miedo, de nuevo se mezclaban sentimientos intensos de dolor, de desesperación, de rabia…. y de perdón.

Iba encorvado para que se notara menos que era extranjero, tenía que pasar lo más desapercibido posible para que nadie me detuviera, además de que por la mañana ya había visto un puesto fijo de policía.
Cuando llegué, bajé por un largo camino de tierra hasta la orilla del río. Un vez allí, dejé bajo un tronco las llaves de la moto y dinero dentro de una bolsa. Tenía la intención de enviarle la ubicación de la moto a la propietaria cuando ya me encontrara en Tailandia, a la mañana siguiente.
Me quedé poco menos de dos horas sentado en la orilla y en silencio, intentando alcanzar con la vista el otro lado y observando si alguna barca pasaba por allí. El fuerte olor a repelente de mosquitos y el silencio al lado del río me recordaba la angustia que había tenido días atrás y que de nuevo volvía a sentir. Definitivamente me acomodé las botellas en el pantalón como había probado horas antes, y me metí en el río.
Al dar el primer paso comprobé que el agua me cubría por completo, pero las botellas vacías funcionaban perfectamente y me mantenían a flote. La mochila también flotaba y aunque no me dejaba meter la cabeza en el agua ni moverme con facilidad, poco a poco y nadando a lo perro conseguí llegar a la otra orilla, a Tailandia.


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