BENDECIDA FUE LA CAUSA.#ingenierovietnam

Esa noche dormí en un hotel de Nong Khai, al norte de Tailandia, y aunque no me dejaron alojarme más tiempo allí, no era un problema porque quería llegar a Bangkok lo antes posible.
Puesto que todo el transporte público estaba cancelado, le pedí a un hombre que hacía servicios de taxi que me llevara a la capital. Inicialmente se negó, pero después de un rato de conversación accedió y afortunadamente ese mismo día pude cruzar todo el país de norte a sur.
A la mañana siguiente me presenté en la Embajada de España en Bangkok, y apenas habían transcurrido dos minutos desde que empecé a explicar mi penosa situación cuando apareció el Cónsul, D. Antonio Guillén, diciéndome que me iba a facilitar un salvoconducto para salir de allí de inmediato. No me dejó darle demasiadas explicaciones, solo me pidió que reservara un vuelo cuanto antes para que pudiera volver a casa. Intentando disimular mis lágrimas en los ojos, no dejé de agradecérselo. Aún me emociono mientras recuerdo esto al escribirlo.

En esos días apenas había vuelos debido al Covid, y aunque conseguí una plaza en uno de Qatar Airways, tristemente no pude embarcarme. A pocos metros del avión y cuando veía pasar delante de mí al resto de pasajeros, españoles en su mayoría, me detuvieron en inmigración. La realidad es que había entrado ilegalmente en Tailandia.
Ese fue uno de los momentos más difíciles porque en ese momento ya estaba a punto de ser libre, y entiendo que fue otro fracaso más para el que no estaba preparado.

Como el aeropuerto estaba vacío y había toque de queda, me quedé dormido en un banco hasta que unas limpiadoras me despertaron por la mañana. Realmente ya no sabía qué hacer para volver a España, las ideas me invadían la cabeza y muchas de ellas eran ciertamente disparatadas.
A pesar de que no estaba muy convencido, decidí ir a la Embajada de Bangkok de nuevo para contarles la situación. Después y durante días, me pidieron una y otra vez que tuviera paciencia pues iban a intentar enviarme de vuelta después de hacerme un juicio rápido, en realidad allí era un «sin papeles». Lo que yo temía era que el verdugo Tuan Anh y sus compinches de la Embajada de Hanoi (Oriol Solà, M. Jesús Figa…) descubrieran dónde estaba y enviaran a alguien.

Tras quince días en Bangkok y después de varios intentos fallidos, pues las compañías aéreas no me aceptaban en sus vuelos, me dijeron que me tenía que esperar ¡otros quince días más! a un vuelo que venía de Australia con expatriados a causa del Covid. Fue entonces cuando sentí una gran desconfianza también en ellos.
Por otro lado, en Vietnam empezaban a ponerse muy nerviosos porque no me encontraban, y aumentaron las amenazas y presiones, y no únicamente a mí.

Como desconfiaba de todo y de todos, empecé a creer seriamente que en el Ministerio de Asuntos Exteriores tampoco querían que saliera realmente de Tailandia, y aunque no sabía las razones, fríamente los precedentes así lo indicaban.
Temiendo esa orden de extradición a Vietnam o el envío de algún sicario, cambié de hotel sin decírselo a nadie, llegando a volverme incluso un poco paranoico. Después, también con frecuencia cambiaba de habitación y a menudo planeaba cómo escapar en caso de que apareciera alguien, llegando hasta pensar cómo saltar de un noveno piso en caso de tener que hacerlo. La pocas veces que salía de la habitación revisaba todas las salidas, y con disimulo analizaba de arriba a abajo a todos los huéspedes, a los vecinos del barrio, a los recepcionistas, etc, y si durante la noche oía algún ruido, por leve que fuera, comprobaba por la mirilla quién se acercaba y me quedaba detrás de la puerta un buen rato por si pretendían entrar en la habitación. Únicamente salía a la calle para comprar comida en una tienda cercana, mirando constantemente por el rabillo del ojo y con una aparente tranquilidad que ocultaba un estado realmente obsesivo.
Dos días antes de tomar ese vuelo, lo retrasaron desde el Consulado sin comunicármelo y entonces pensé que era otra encerrona del Ministerio. No me fiaba ni de las buenas intenciones del Cónsul de Bangkok, porque realmente aún hoy desconozco lo que hay detrás de todo esto, no sé qué oculta la Ministra, no sé qué oculta el Ministerio, y por supuesto los canallas de Hanoi.

Fue entonces cuando en mis reflexiones, yo había conseguido perdonar, perdonar del todo, perdonar a quienes me habían hecho daño en algún momento. El perdón no solo es para los demás, sobre todo es para uno mismo porque nos libera. Con rencor no se puede ni se debe vivir y todos merecemos conocer cómo perdonar. Ya somos libres cuando estamos predispuestos a perdonar.

Cuando me encontraba a punto de enviar un email bastante duro a D. Antonio Guillén, me escribió para decirme que definitivamente podría salir en ese vuelo.
Al día siguiente me hicieron un juicio rápido, y previo paso por la cárcel, me llevaron al aeropuerto en un furgón de presos para que por fin pudiera tomar ese vuelo.
Dios quiso que yo lo viviera así.


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