BARRO QUE TRAGAR.#ingenierovietnam

Corrí unos metros aguas arriba y me escondí bajo un matorral, bajé la visera de la gorra para que no se viera el reflejo de mi cara, y me tumbé de costado con la mochila a mi espalda. Pude ver a dos personas en la lancha, uno parecía tener un arma y el otro iba alumbrando con el foco a ambos lados del río. Pasaron de largo y se pararon a unos treinta metros. Oí que hablaban entre ellos, apagaron el foco, y uno de ellos empezó a revisar con una linterna cada matorral mientras se dirigía hacia donde yo estaba.

Por otro lado y al mismo tiempo, vi los reflejos de las luces de un coche de policía en la zona alta donde había iniciado mi marcha a pie. Poco después descendía alguien por la misma ruta que yo había tomado al bajar al río, hasta que llegué a tenerle a escasos metros. Era cuestión de tiempo que me descubrieran bajo el arbusto en el que me encontraba, me tenían cercado y no podía hacer absolutamente nada.
Ambos estuvieron buscándome durante tanto tiempo, o eso me pareció a mí, que se me pasó por la cabeza entregarme, pues deseaba que la agonía terminara de una vez. Supongo que no lo hice por si me pegaban un tiro al levantarme, así que continué inmóvil. El miedo me iba desapareciendo por momentos cuando ya me imaginaba en una cárcel de Hanói. Me iban y me venían miles de ideas sobre lo que me podrían preguntar, dónde me llevarían,… hasta que me llegó la esencial: ¿volverías a desafiar a Dios a pesar de que te van capturar irremediablemente? ¿a pesar de que no te ha salvado de esta desgracia nueva?, como cuando eras un niño de diez años y alguien te pregunta si tú eres de los buenos o de los malos. Mi respuesta sincera fue rápida como la de aquel niño, ese que se santiguaba antes de rezar el padrenuestro e irse a dormir. Seguidamente hice una cruz en la arena, e incomprensiblemte y al instante los supuestos policías se volvieron por donde habían venido. Yo no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.

A pesar de eso no me fiaba del todo ya que en ningún momento oí de nuevo el motor de la lancha. Pensé que estarían esperando a oírme para engancharme, así que seguí doblado de costado y sin moverme durante horas, hasta el punto de que ni las mordeduras de las hormigas en el cuello y en los brazos me hicieron cambiar de posición. Al día siguiente pude ver las marcas que me dejaron esas mordeduras.

El dilema vino cuando empezó a amanecer. Evidentemente no iba a volver, así que tenía que cruzar el río aun pensando que la lancha seguía por allí. Me levanté muy despacio, me acerqué a la orilla y después de mirar a mi alrededor y no ver a nadie, me sumergí lentamente. Debido a la sequía no estaba profundo y el agua solo me llegaba al cuello, por lo que rápidamente pasé a la otra orilla. Definitivamente me encontraba en Laos, y la alegría era inmensa aun sabiendo que seguía en peligro.

Entonces me adentré en la selva, y como no pude seguir las sendas que parecían verse en las fotos aéreas ya que muchos eran cauces y arroyos, me dirigí lo más recto posible al otro lugar del río donde quería cruzarlo de nuevo, evitando algunas cabañas y puestos que me fui encontrando.
En el último tramo fui paralelo a la orilla, y desde la distancia observaba a algunos pescadores. Evitaba que se dieran cuenta de mi presencia para que no vieran de dónde venía, pero cuando llegué al lugar previsto, sin titubear me dirigí directamente a uno de ellos para preguntarle mediante gestos cuál era la profundidad del río. Yo sabía que allí no era muy profundo, pero puesto que no podía esperar a la noche para pasar al otro lado sin que me vieran, pensé que sería mejor hacerlo con naturalidad. Durante segundos el pescador se quedó estupefacto, mirándome sin mediar palabra, ojeó tras de mí como queriendo saber de dónde diablos había salido, y seguidamente me indicó que el agua me llegaba por la cintura. Agradeciéndoselo, y con una sonrisa en la cara pasé al otro margen.

Como estaba lleno de barro, lavé la ropa y las zapatillas allí mismo en la orilla, y después de cambiarme tomé el camino que llegaba a la carretera de Dansavan. Tras varios kilómetros por esa carretera en dirección a la frontera llegué a una parada de autobús. Al llegar todos me miraban, seguramente preguntándose qué hacía allí, pues aunque daba a entender que venía del interior de Laos. Debería haber sabido que hacía varios días que las fronteras estaban cerradas. Claro que eso era lo de menos, lo importante es que pensaron que venía de algún lugar de Laos y no de Vietnam.

Estaba exhausto y sediento, y antes de montarme en el autobús pude comprar bebida y una tarjeta de teléfono. Necesitaba comunicar a mis hermanos que me encontraba bien después de varios días sin que supieran absolutamente nada de mí. Me pongo en su pellejo y sé que sufrieron lo indecible, creo que yo no lo hubiera llevado tan bien como ellos. Sufrimiento, impotencia y desesperación para nada, porque no era necesario. Yo era y soy un don nadie, pero el destino quiso que se acoplaran muchos canallas a la vez: la corrupción de OHL, la prevaricación del Cónsul, la manipulación de la Embajadora y el abuso de poder de un régimen comunista e impostor que sabía de la cobardía de nuestros dirigentes. Hoy, les sigo esperando a todos, sin miedo.

Después de quedarme dormido en el autobús, pues llevaba varios días insomne, me desperté en un control de policía. Subió un agente al autobús y le preguntó al chófer algo que no pude entender, pero sin dudarlo se dirigió hacia mí para pedirme la documentación.


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