AL OTRO LADO.#ingenierovietnam

Al llegar a la orilla me encontré unas redes de pescadores, por lo que supuse que no era el sitio donde había previsto llegar. En cuanto me sequé las manos y encendí el móvil, comprobé con el gps que me había desviado bastante al cruzar el Mekong. Me había dejado guiar por la luz y eso me hizo dirigirme a una zona con viviendas. Entonces, quise acercarme sin hacer ruido para inspeccionar el lugar, subí un pequeño talud de arena y cuando miré hacia arriba, vi un poste con lo que parecía una cámara de vigilancia en lo alto. Mirando hacia los lados me quedé paralizado porque no sabía que hacer, por un lado no quería volverme al río por donde había venido, y por el otro tenía frente a mí un muro, de manera que aunque lo pudiera escalar, desconocía lo que había al otro lado. Así, decidí moverme en paralelo a la orilla y aguas arriba, y me oculté detrás de unos arboles y bajo el muro durante horas, rezando para que nadie me hubiera visto por las cámaras. Afortunadamente fue así ya que nadie apareció.
Como tenía cobertura de teléfono al estar en la misma frontera de Laos, por las fotos aéreas pude ver que había una hilera de casas a continuación de un camino, al otro lado del muro.
Mientras me cubría de repelente de mosquitos y me ponía ropa seca, no dejaba de darle vueltas a la cabeza para decidirme si seguir paralelo a la orilla o no, hasta que a las tres de la mañana empecé a oír un montón de gente hablando y haciendo ruido al otro lado del muro. No podía ver lo que estaban haciendo, pero entendí que la cosa no iba conmigo.
Definitivamente no quise seguir por la rivera por si me encontraba más cámaras, cosa probable pues la frontera pasa por la mitad del río. Poco después de las cinco de la mañana, cuando acababa el toque de queda, subí el muro por una pequeña escalera de los pescadores que encontré. Me asomé con cautela y vi a un hombre y a seis mujeres. Estaban trabajando dentro de un gran porche con utensilios de cocina, y aunque no sabía exactamente lo qué estaban haciendo, los podía ver con claridad ya que estaban a pocos metros. Seguidamente salté el vallado que coronaba el muro y sigilosamente me dirigí a una calle paralela para seguir mi camino. Tuve suerte porque nadie me vio.
A esa hora ya había algún aldeano despierto trabajando en los talleres de sus casas, y aunque alguno pudo oír mis pasos al pasar por los caminos, fue una jauría de perros la que alertó a todo el vecindario, como si nunca hubieran visto a un español calvo andar por allí.
Tenía la idea de dirigirme hacia Nong Khai, la ciudad al otro lado de Vientián pero ya en Tailandia. No obstante, antes de emprender la marcha por la carretera principal, me escondí en una nave unas cuantas horas más hasta que entró la mañana. Después pensé que corría el riesgo de que alguien apareciera por allí, así que decidí continuar mi ruta a pie varios kilómetros, hasta que finalmente una pickup me paró tras hacer autoestop. A pesar de que le dije que no me importaba ir detrás en la caja, insistió en que le acompañara delante, a su lado. Este hombre no hablaba inglés, pero me pudo entender cuando le pedí que me dejara en una parada de autobús. Allí y esperando a que saliera, esquivé una vez más a la policía en una tienda mientras compraba algo de comida y una tarjeta de teléfono.
Al final y después de otro en tuk tuk, conseguí llegar a un hotel donde me dejaron alojarme un solo día sin pasaporte.
La cosa no pintaba mal, pero aún me quedaba un auténtico martirio para llegar a casa.


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